"Nuestra Bandera", un texto de José Revueltas

"Nuestra Bandera" un texto de José Revueltas


José Revueltas no era estudiante a finales de los años sesenta. Tenía entonces cincuenta y cuatro años y, de hecho, nunca había asistido a la universidad: en 1932, cuando tenía diecisiete años y debería haber estado pensando en la universidad, ya estaba cumpliendo su segundo período en prisión, como resultado de su militancia en el entonces ilegal Partido Comunista de México.

A finales de los años sesenta, Revueltas era un conocido escritor, -novelas como Los muros de agua (1941), El luto humano (1943), Los días terrenales (1949), Los motivos de Caín (1958), Los errores (1964), y los ensayos México: democracia bárbara (1958), y Ensayo sobre un proletariado sin cabeza (1962), lo consagrarían como un escritor consolidado-, pero fundamentalmente era un activista de izquierda con opiniones que se adaptaban a las demandas del movimiento estudiantil de un gobierno menos vertical. Habiendo mantenido su fuerte defensa y convicción por el socialismo y fuertes vínculos con el movimiento sindical, al mismo tiempo que vigorosamente denunciando tanto al gobierno del PRI, como a las organizaciones de izquierda de corte estalinista mexicanas que se opusieron a su pensamiento creativo, y que incluso, lo expulsaron varias veces de ellas.

Los estudiantes sesentayocheros lo consideraban un aliado natural: el peso de su reputación ofrecía un refugio ideológico creíble para un movimiento estudiantil en ascenso. México 68; Juventud y Revolución editado por editorial ERA, es un libro que recoge todos los textos que José Revueltas elaboró para el Movimiento Estudiantil del 1968 y posterior a la matanza del 2 de octubre en Tlatelolco, de estos últimos, muchos fueron escritos en días posteriores y otros tantos durante su encierro en el Palacio Negro de Lecumberri.

Nuestra Bandera
José Revueltas


Se ha dicho que el Movimiento Estudiantil Julio-Agosto de 1968 carece de una bandera –es decir, de objetivos precisos y “miras elevadas”, conforme al trasnochado lenguaje de los monitores editorialistas de la prensa más corrompida del mundo, la mexicana– y que, junto a esta falta de bandera, índice de gratuidad de nuestro Movimiento, éste se ampararía en una supuesta situación de privilegio social y económico de que el estudiante goza en violento contraste con otras capas de la sociedad menos favorecidas, que sin embargo son las que pagan en su mayor parte la educación superior.

Con esto se quiere tender una cortina de humo que oculte no sólo el contenido real de nuestros propósitos, sino la raíz y razón de los mismos, condicionados por una situación general de imposturas políticas, de ejercicio arbitrario y monopolista del Poder, de negación de las libertades y derechos ciudadanos, de falsificaciones jurídicas y procesos amañados que, en cualquier otro país, acreditarían al poder judicial como reo de asociación delictuosa; situación general, condicionante de nuestros objetivos, repetimos, que tiene largos años de existir y no se circunscribe tan sólo a la etapa que como jefe del Ejecutivo lleva en su desempeño el licenciado Díaz Ordaz al frente de la República.

Tenemos, pues, una bandera de principios, aparte la reclamación de agravios que representan los seis puntos de nuestra demanda en contra de las autoridades. En sus comienzos, quizá nuestro Movimiento se hubiese satisfecho con la reparación de daños y la remoción de los culpables de aquéllos. Pero en México se ha totalizado a tal extremo el sistema de opresión política y de centralismo en el ejercicio del Poder –desde a nivel de gendarme hasta al de Presidente– que una simple falta a los “reglamentos de policía y buen gobierno” confronta al más común de los ciudadanos con todo el aplastante aparato del Estado y de su naturaleza de dominio impersonal, anónimo, despótico, inexorable y sin apelación posible, sobre el individuo y la comunidad en su conjunto. Los sindicatos obreros regimentados, amordazados, sin el menor resquicio mediante el cual ejercer su independencia; el derecho de huelga convertido en una cínica ficción; la capacidad de corrupción, de amoralidad y de renuncia al espíritu crítico, como requisito forzoso e inexcusable, para todos aquellos que aspiren a dirigir una federación sindical, una liga de comunidades agrarias, un comité de partido, oficial o no, una empresa o, lo que ya es el colmo (y entre nosotros se llegaron a dar los casos), hasta una simple sociedad de alumnos de alguna facultad o escuela. Inútil señalar más ejemplos de esta increíble degradación social a la que sus dirigentes, ensoberbecidos y ciegos, pueden conducir a un país.

Cada agrupación –no importa de la que se trate ni de lo que se proponga– que quiera luchar en México de un modo independiente y fuera de los canales “autorizados” por el régimen, ha de comprobar por su propia experiencia esta situación insufrible e irrespirable que vive nuestro país desde hace mucho, pero que no sólo no se deteriora con el tiempo sino que cada vez se afina y perfecciona más.

Por supuesto, tal tipo de agrupaciones, si han intentado existir, desaparecen apenas nacidas o se corrompen, pero lo cierto es que ya no pueden darse en el México de nuestros días.

"Nuestra Bandera" un texto de José Revueltas

Nuestros detractores tienen razón: los estudiantes somos una capa social “privilegiada”. Tenemos el privilegio político de ser los únicos –o casi los únicos– a quienes en México aún se les puede permitir el delito de la honradez y la independencia, no porque la clase gobernante quiera ni mire con buenos ojos que así sea, sino porque no se ha logrado mediatizarnos ni uncirnos a su maloliente carro de infamias.

Practicamos este deber y ejercemos este derecho para que en el futuro inmediato, para que hoy mismo, el pueblo entero, la clase obrera, los campesinos, los intelectuales, se conviertan también en esas capas “privilegiadas” capaces de pelear en defensa de su propia dignidad humana y junto a las cuales nosotros lucharemos siempre con orgullo.

Una infracción a los reglamentos de policía (una reyerta de poca monta entre dos escuelas) que atrajo en su contra la más desproporcionada, injustificada y bestial de las represiones, tuvo la virtud de desnudar de un solo golpe lo que constituye la esencia verdadera del poder real que domina en la sociedad mexicana: el odio y el miedo a la juventud, el miedo a que las conciencias jóvenes e independientes de México, receptivas y alertas por cuanto a lo que en el mundo ocurre, entraran a la zona de impugnación, de ajuste de cuentas con los gobernantes y estructuras caducos, que se niegan a aceptar y son incapaces de comprender la necesidad de cambios profundos y radicales. Este miedo de las viejas generaciones corrompidas fue lo que apareció con toda su brutal claridad ante nuestros ojos al solo contacto con los acontecimientos de julio, que nos han enseñado más que todo lo que pudiéramos haber aprendido en las aulas.

Nuestro Movimiento, por ello, no es una algarada estudiantil más. Esto deben comprenderlo muy bien las viejas generaciones cuyas mentes se obstinan en querer ajustar las nuevas realidades a los viejos esquemas obsoletos de su “revolución mexicana”, de su “régimen constitucional”, de su “sistema de garantías” y otros conceptos vacíos, engañosos, de contenido opuesto a lo que expresan y destinados a mantener y perfeccionar la enajenación de la conciencia colectiva de México a la hipocresía social que caracterizan al régimen imperante.

Correspondemos con esta actitud al sacrificio que las capas más necesitadas de la sociedad, la clase obrera y los campesinos (y, entre ellos, pertenezcan al nivel económico que sea, nuestros padres) tienen que hacer para el sostenimiento de la educación superior. Esta es la única forma de agradecerles: nuestra lucha por una sociedad nueva, libre y justa, en la cual se pueda pensar, trabajar, crear, sin humillaciones, sobresaltos, angustias y mediatizaciones de toda especie. Estudiamos precisamente para obtener esto y no creemos que la dedicación a la cultura pueda tener ninguna otra razón de ser que la de colocar al hombre, al ser humano vivo, tangible y sufriente, en el centro de todas las preocupaciones.

A las otras clases sociales no les debemos nada ni les estamos obligados con nada. A los miembros de la oligarquía, a los satisfechos burgueses viejos y nuevos, a la clase dominante surgida de la revolución mexicana, no tenemos ninguna otra cosa que plantearles sino la obligación que tienen de pagar y pagar cada vez más, en dinero, por lo pronto, en tanto que llega la hora en que paguen con su desaparición histórica del panorama humano.

Que nadie pretenda llamarse a engaño. No estudiamos con el propósito de acumular conocimientos estáticos y sin contenido humano. Nuestra causa como estudiantes es la del conocimiento militante; refuta y transforma, revoluciona la realidad social, política, cultural, científica. No se engañen las clases dominantes:

¡Somos una Revolución!
Esta es nuestra bandera.

Comité de Lucha de la Facultad de Filosofía y Letras 
Ciudad Universitaria, 26 de agosto de 1968

Tal vez te interesen estas entradas

facebook