El poder de las redes. un ensayo de Manuel Castells

El poder de las redes. un ensayo de Manuel Castells

El sociólogo español, y experto en comunicación, Manuel Castells, afirma que los movimientos sociales que nacen y se propagan por internet son espontáneos, interclasistas y virales, no son programáticos ni tienen líderes, partidos o sindicatos. Sus dos valores fundamentales son la reivindicación de democracia real (como en el caso del M-15 en España) y la de la dignidad encarnada en los derechos humanos. Su gran poder está en saber que se es y saber que se puede.


El poder de las redes*
por Manuel Castells



A lo largo de la historia el poder se ha basado en el control de la información y la comunicación. Información y comunicación, actividades esenciales de la especie humana, se estructuran según la tecnología de comunicación, las organizaciones de la sociedad y las instituciones del Estado. En la primera década del siglo XXI la difusión de las redes de comunicación por internet, cada vez más mediante plataformas inalámbricas, ha transformado los procesos de comunicación. En 2013 se cuentan casi 3.000 millones de usuarios de internet en el planeta y cerca de 7.000 millones de abonados de telefonía móvil y dispositivos inalámbricos. La población mundial está intercomunicada en su gran mayoría, y la difusión del uso de internet y móviles entre los menores de 40 años está alcanzando el punto de saturación. Hemos pasado de un mundo dominado por la comunicación de masas a un mundo en que esta coexiste con la autocomunicación de masas. Es decir, hemos pasado de una comunicación caracterizada por la emisión de mensajes de una fuente a muchos receptores, con escasa interactividad, a una comunicación en donde múltiples emisores envían mensajes a múltiples receptores, de modo que todos somos emisores y receptores a la vez. La comunicación en internet es multimodal, en tiempo escogido y con referencia constante a un repositorio de información digitalizada en donde se almacena el 90 por ciento de la información del planeta. Y la comunicación móvil asegura una interconectividad permanente y casi ubicua.

En ese nuevo mundo de comunicación se da la paradoja de que hay un oligopolio creciente de la propiedad de los medios de comunicación por las grandes empresas de comunicación (tanto privadas como públicas) organizadas en redes de alianzas globales, al tiempo que hay una capacidad decreciente de control de gobiernos y empresas sobre las redes de comunicación horizontales que caracterizan la autocomunicación de masas. Cierto es que la vigilancia digital es omnipresente y que la privacidad ha desaparecido en el mundo de internet. Todos los gobiernos espían a sus ciudadanos, legal o ilegalmente, y se espían entre sí. Las empresas se apropian de los datos de sus clientes y penetran sus redes de información confidencial. Pero vigilancia y control es muy diferente. El universo de internet es tan amplio, y se expande a una tal velocidad, que no hay forma efectiva de impedir la comunicación entre personas y colectivos más allá de los sospechosos habituales.

Internet fue diseñado deliberadamente como una tecnología de libertad. En ciertos países está protegido judicialmente como forma de libertad de expresión, y como la red es global mientras existan puntos de entrada en la red, es posible llegar al conjunto de la red. Numerosos estudios sobre intentos autoritarios de controlar internet, en China o en Irán, muestran la dificultad de la tarea, de modo que la comunicación entre la inmensa mayoría continúa operando incluso en condiciones difíciles. La única manera de interrumpir la comunicación en internet es desconectarlo completamente de los servidores que lo conectan. Pero, como demuestra el caso de Egipto en 2011, un país hoy en día ya no puede funcionar sin internet y telecomunicación digital. Y el hecho de que Google o Twitter sean corporaciones capitalistas sirve para aumentar la vigilancia, porque proporcionan datos a los gobiernos, pero no incrementa el control porque su interés de negocio es que todo el mundo los utilice para conectarse horizontalmente. Entre otras cosas porque las barreras de entrada en la industria internet son muy bajas. Si los usuarios se sienten censurados en su comunicación emigran a otras plataformas que surgen como alternativas. Jóvenes estudiantes con poco capital pueden constituirse rápidamente en alternativa a las empresas establecidas, como fue el caso de Facebook en relación con AOL o MySpace, si ofrecen libertad y mejor tecnología de comunicación. Y algo así puede pasarle a Facebook en el futuro si hace pagar o si censura contenidos. Porque, además, en último término, la defensa de la libertad de internet es una causa por la que militan activamente millones de internautas en el mundo, incluyendo decenas de miles de programadores sofisticados que constituyen una comunidad vigilante, capaz de acudir en ayuda de aquellas redes amenazadas por los gobiernos, como ocurrió durante las revueltas árabes cuando nuevas conexiones fueron restablecidas por redes de hackers tales como TOR o Telecomix.

De forma que mediante la articulación entre innovación tecnológica, difusión de la telecomunicación digital y afirmación global de la cultura de libertad, amplios sectores de los ciudadanos, sobre todo en las generaciones jóvenes, han construido su sistema propio de autocomunicación en el que viven, trabajan, debaten, sueñan, se enamoran, se enfadan y cuando hace falta se movilizan. Sin por ello dejar el mundo de la interacción física directa. La sociabilidad on line y off line se complementan y se refuerzan mutuamente, según demuestra la investigación sociológica en la materia. No estamos en una separación entre lo virtual y lo real, sino en una cultura de virtualidad real, porque la comunicación virtual es una parte fundamental de nuestra realidad cotidiana.

En ese contexto, no es de extrañar que, cuando los ciudadanos no encuentran canales de participación política o de control de sus gobernantes, utilicen las redes sociales para debatir, organizarse en red y movilizarse. Para, a partir de ese espacio público cibernético que es internet, ocupar también el espacio urbano y apuntar a la intervención en el espacio público institucional que muchos consideran secuestrado por una clase política profesional más atenta a los poderes económicos y mediáticos que a los ciudadanos que los eligen y los pagan. De ahí el surgimiento de una oleada de protestas, movimientos sociales, revueltas y revoluciones que nacen en internet para luego ocupar la ciudad y desafiar al Estado. En la raíz de esos movimientos está la profunda crisis de legitimidad de las instituciones políticas en casi todo el mundo. Las encuestas muestran que entre el 50 por ciento y el 80 por ciento de los ciudadanos, según países, no se consideran representados por partidos y gobernantes y ponen en cuestión las reglas institucionales de funcionamiento democrático. Afirman la democracia, pero niegan que lo que viven sea democracia. Y como los partidos se aferran a los mecanismos que reproducen su poder, los ciudadanos no tienen otra alternativa que la resignación (producto del miedo al riesgo de la protesta) o la rebeldía extrainstitucional, pacífica en la inmensa mayoría de los casos. De hecho, siempre ha sido así en la historia cuando se produce un desfase sistémico entre la sociedad civil y las instituciones políticas. La diferencia con los movimientos sociales actuales es que internet proporciona un espacio público protegido en donde se pueden denunciar los abusos, debatir propuestas, llamar a la acción, coordinar las luchas y seguir existiendo de forma permanente en la red cuando la represión policial dificulta la expresión directa de la protesta en las calles y en las instituciones. La clave es la constante interacción entre las redes sociales en internet y en el espacio urbano. La pancarta que abría la gran manifestación de Río de Janeiro en junio de 2013 decía: “Somos las redes sociales”. Y un manifestante individual en Belo Horizonte hizo su propia pancarta: “Nací en Facebook, pero estoy en la calle”. Este espacio híbrido de las redes de comunicación y el espacio urbano ocupado, sea por acampadas o por manifestaciones, es lo que denomino el espacio de autonomía, un espacio que sirve a la vez de agrupamiento, de debate, de codecisión y de laboratorio de experimentación de nuevas formas de democracia deliberativa.

El poder de las redes. un ensayo de Manuel Castells
El sociólogo español, Manuel Castells


Lo significativo de estos movimientos es que obedecen a un patrón común de organización, de acción y de problemática, a pesar de la diferencia de los contextos culturales, institucionales y de nivel de desarrollo en donde se han producido. En los países árabes fueron revueltas contra dictaduras apoyadas por los países occidentales, que parecían inamovibles, parapetadas tras aparatos represivos sanguinarios e instituciones vacías de representación democrática. En Estados Unidos y Europa fueron y son movimientos de indignación contra la gestión de la crisis por los gobiernos en beneficio de las instituciones financieras descargando el peso de la crisis sobre los ciudadanos. Pero en Turquía hubo un potente movimiento en julio de 2013, a pesar de la bonanza económica y de la existencia de una democracia electoral, como reacción a la especulación urbanística, la destrucción del medio ambiente y el desprecio de las autoridades a las demandas populares. Y en Brasil se han producido importantes movimientos en toda la geografía del país a partir de junio de 2013 a pesar de un crecimiento económico con reducción de la pobreza en la última década. De hecho, con intensidad variable, en la última década han tenido lugar movimientos similares en literalmente miles de ciudades en más de cien países (solo en Estados Unidos entre septiembre de 2011 y enero de 2012 hubo ocupaciones de espacios urbanos en más de mil ciudades). Y ha habido, y continúa habiendo, importantes movimientos sociales autónomos y extrainstitucionales en Chile, en Colombia, en México, en Portugal, en Grecia, en Israel, en Rusia, en Irán, en India y en muchos otros lugares ignorados por los medios (por ejemplo Occupy Nigeria, en Lagos). En la mayoría de dichos movimientos se repiten ciertos rasgos característicos:

• Son movimientos espontáneos, que surgen emocionalmente a partir de una chispa de indignación que desborda el vaso de la ira ante los abusos y la desfachatez de las elites del poder. La difusión de imágenes en internet, particularmente de violencia policial y de represión indiscriminada encienden los ánimos en todas partes a partir de una conciencia latente de injusticia sin respuesta por parte de las instituciones.

• Son movimientos que nacen sin líderes y sin organización, aunque después en algunos casos se constituyen algunos liderazgos carismáticos, como en el caso de Chile. En todos los casos surgen al margen de los partidos políticos y de los sindicatos, aunque también a veces (como en Chile, de nuevo) algunos líderes militen en un partido político y concurran a elecciones. Pero aun en esos casos, esos líderes son tolerados siempre y cuando no instrumentalicen el movimiento en beneficio del partido. La historia de los partidos comunistas autoproclamándose vanguardias conscientes de masas inconscientes ha pasado al museo de las ideologías, hoy en día rechazadas por la inmensa mayoría de los movimientos sociales contemporáneos.

• Son movimientos virales que se propagan por internet y se enraízan en distintas realidades con formas propias.

• En todos los casos nacen en internet, se expresan en el espacio urbano y buscan formas extrainstitucionales de intervenir en las instituciones políticas. Nacen en las redes sociales, en muchos casos en Facebook, para luego movilizarse mediante Twitter, Tuenti o redes de comunicación similares. En algunas acampadas se desarrollaron tecnologías de comunicación propias, como el N-1, para autonomizarse lo más posible con respecto a las corporaciones de internet.

• En algunos casos, a partir de un nivel de desarrollo del movimiento surgen desde dentro del mismo distintas fuerzas protopolíticas que intentan ampliar el espacio institucional ofrecido por las elecciones. Raramente los movimientos se articulan de forma directa con los partidos políticos existentes, aunque su acción puede favorecer el voto por algunos de ellos.

• No son movimientos programáticos, pero sí incluyen numerosas reivindicaciones concretas, muchas de las cuales se obtienen en la lucha.

• Son interclasistas, son relativamente paritarios en términos de género (incluso en sociedades musulmanas) y son pluriétnicos y plurirreligiosos en la mayor parte de los casos. Es decir, no es una característica cultural o sociodemográfica lo que los define, sino la indignación con las injusticias en su vida cotidiana, la demanda de canales de expresión democrática y la crítica del orden político existente.

• Dos son los valores fundamentales que se afirman en todos los movimientos. Por un lado, democracia real, como fue en particular el caso del 15-M es España. Es decir, la negación de la actual democracia capturada por los partidos políticos en su propio beneficio, al servicio de la clase financiera, y la reconstrucción de nuevas formas de representación a través de la deliberación en la red y en asambleas que vayan inventando nuevas formas de gobernanza participativa. Por otro lado, una palabra se repite en todos los movimientos de uno a otro confín: dignidad. La lucha por la dignidad fue el estandarte de los movimientos árabes contra la humillación continuada por parte de los aparatos represivos y de las autoridades. La indignación es el camino a la dignidad. La dignidad, como definió Amartya Sen hace dos décadas, es el derecho a tener derechos por el simple hecho de ser humanos. La dignidad es el valor que se encarna en los derechos humanos, de los cuales la democracia política y la libertad son tan solo algunas de las diversas dimensiones. La afirmación de la propia dignidad sitúa a las personas, a todas las personas, por encima del ordeno y mando de quienes se arrogan el derecho de decirles lo que pueden y no pueden hacer a partir de un poder institucional sometido tan solo a controles controlados por los controladores. De ahí la profundidad de estos movimientos que surgen por todas partes porque en todas partes existe el sentimiento intenso de ser ignorados y humillados por quienes ostentan el poder.

Y, sin embargo, apenas se acallan los ecos de las manifestaciones, una vez que de nuevo el orden reina en Varsovia, surgen los comentarios cínicos o despreciativos de quienes consideran estos movimientos expresiones tan marginales como impotentes de un deseo utópico de cambio social, de una protesta irresponsable que pretende someter la gestión compleja de la sociedad a personas sin formación y sin el marchamo de aparatos de partidos.

A fin de cuentas, dícese en los medios y en los cenáculos intelectuales, no consiguen nada, a nada lleva protestar, más allá de las molestias de la algarada. E incluso en el propio movimiento surgen dudas y se genera una impaciencia para acortar los tiempos del cambio institucional, porque la gente no puede seguir así.

La observación empírica de los movimientos lleva a conclusiones muy distintas. En primer lugar, cuando los movimientos han alcanzado una masa crítica de impacto social, no desaparecen, aunque no ocupen las plazas y las manifestaciones mengüen de efectivos. Porque son movimientos rizomáticos, que viven siempre en la red, que debaten continuamente, que reflexionan, que denuncian, que se relanzan, y que se aprestan a intervenir en la sociedad, contra las injusticias y por propuestas de vida alternativa, utilizando momentos de sensibilización de la opinión ante hechos particularmente escandalosos. Se repliegan y resurgen, en la calle y en las instituciones, en un constante vaivén que mantiene la tensión de la crítica y la propuesta.

En segundo lugar, en muchas ocasiones y en muchos países se obtienen importantes victorias reivindicativas que salvan de la miseria a muchas personas, que mejoran las condiciones de vida de la población obligando a partidos y gobiernos a hacerse eco de algunas de estas demandas con la esperanza de pescar votos en las próximas elecciones. Las significativas victorias reivindicativas de la Plataforma de Afectados por las Hipotecas (PAH) en España, con impactos en el sistema judicial español y europeo, en las prácticas de algunas instituciones financieras y en el debate parlamentario, es un ejemplo de cómo lo inamovible se mueve, de cómo las leyes inicuas se pueden cambiar por la acción ciudadana, institucional y extrainstitucional. Las grandes movilizaciones que tuvieron lugar en Israel consiguieron cambiar la política de vivienda (y anular la subida del precio del yogur, origen de la protesta…) Las manifestaciones de Brasil consiguieron la anulación de subida de tarifas en los transportes, nuevas inversiones en salud y en educación, nueva legislación contra la corrupción política, con el Parlamento desdiciéndose y votando en contra de su propia legislación que blindaba la inmunidad de sus corruptos. Las críticas al sistema financiero del Occupy Wall Street pusieron coto a las prácticas leoninas de algunas tarjetas de crédito, dieron un gran impulso a los bancos comunitarios en Estados Unidos y difundieron tarjetas de débito sin ganancia emitidas por Occupy a través de cooperativas de crédito. La casuística es infinita, país por país. Lo que hay que resaltar es que para muchos miles de personas se consiguieron reivindicaciones que no estaban presentes en las acciones de las organizaciones tradicionales.

También, en algunos casos, se puede observar una relación directa entre los movimientos sociales en red y los procesos de transformación en el sistema político. El caso más importante es el de Brasil, donde la presidenta Dilma Roussef, apenas unos días después de las grandes manifestaciones espontáneas de junio de 2013 proclamó su voluntad de escuchar la voz de la calle, reconoció la justicia de muchas reivindicaciones, habilitó fondos para programas de transporte, salud y educación. Y, sobre todo, abordó la reforma de las instituciones políticas mediante una batería de leyes anticorrupción y la propuesta de una reforma de la Constitución para democratizar los partidos y el Parlamento. Lo cual provocó una tempestad de oposición por parte de la clase política, abriendo un proceso incierto en el que el apoyo de Lula permite a la presidenta capear el temporal. Pero lo más significativo es que a fines de 2013 las dos candidaturas en cabeza en los sondeos para las elecciones presidenciales de 2014 las ostentan dos mujeres, Dilma Rouseff y Marina Silva, que, con distintos matices, apoyan y defienden los movimientos sociales de 2013. Tal vez sea Brasil el primer país en que la política institucional sea transformada por el impacto de los nuevos movimientos extrainstitucionales (véase el artículo de Marcelo Branco en este VANGUARDIA DOSSIER). Sin embargo, a esa tendencia podría unirse Chile porque Michele Bachelet, brillante vencedora en la primera vuelta de las elecciones en el momento en que escribo, ha manifestado su firme voluntad de atender a las reivindicaciones del movimiento estudiantil reconociendo plenamente su legitimidad y superando las cortapisas de los partidos políticos. Más aún, el movimiento de protesta iraní de 2009, organizado a través de móviles, fue dado por muerto tras la feroz represión que sufrió. Y, sin embargo, la sorpresiva elección a la presidencia de Rouhani, que abre perspectivas de liberalización de Irán, tiene sus raíces en los sectores islamistas democráticos y moderados que apoyaron la revuelta contra Ahmadineyad. De hecho, en 2005 estuve en Irán en contacto con estos círculos, agrupados en torno al ex presidente Jatami, y aprecié la existencia de una potente sociedad civil en un país con un 70 por ciento de personas de menos de 30 años. Ocurre que los tiempos históricos de los movimientos sociales son más lentos que los efectos inmediatos de causa a efecto de las revoluciones/golpe de Estado al estilo bolchevique.

Incluso la confusa transformación de la política italiana a partir de la irrupción de Beppe Grillo y el Movimento Cinque Stelle (véase el artículo de Pierfranco Pelizzeti en este VANGUARDIA DOSSIER) es una expresión directa del traslado de la política a la esfera de internet como reacción a la deslegitimación de los partidos y al descrédito de los medios de comunicación berlusconianos. Cualquiera que sea la opinión subjetiva sobre este proceso, es evidente que la reacción autoorganizada a la alianza entre el berlusconismo, el PD y la tecnocracia apoyada por Alemania, tiene sus raíces en la autonomía del espacio de internet para organizar un híbrido de movimiento social espontáneo, liderazgo carismático y redes sociales en internet.

El poder de las redes. un ensayo de Manuel Castells


Los efectos propiamente político-institucionales en España han sido mucho más limitados, a pesar de que casi dos tercios de los ciudadanos han apoyado y apoyan las críticas y demandas del 15-M. Ello se debe a la nula receptividad de los dos grandes partidos nacionales con respecto a movimientos sociales que son directamente críticos de la clase política sin distinción de ideologías. Ni siquiera se molestan los partidos en recabar votos del movimiento, esperando que no voten o dejándoselos a fuerzas de izquierda minoritarias, confiando que su lastre histórico no las convierta en alternativa institucional. Pero el 15-M y su impacto sobre la opinión pública ha contribuido a la creciente crisis de legitimidad de los grandes partidos tradicionales, expresada en el hecho de que en intención directa de voto el PP y el PSOE juntos no llegan a la mitad de los ciudadanos con derecho a voto. Lo cual puede conducir a movimientos significativos del electorado en las elecciones europeas de 2014.

En muchos casos, los efectos de dichos movimientos, en particular en las revueltas árabes, pero también en Italia, han conducido a la inestabilidad institucional. E incluso a atroces guerras civiles, como en Libia o Siria, con la consiguiente destrucción del movimiento social democrático, que siempre es la primera víctima de la violencia extrema de la guerra civil. Pero el poder de las redes, y en particular de los movimientos en red, se mide por la magnitud de sus efectos, no por la bondad de los mismos, que dependen del contexto, de las características del movimiento y de las estrategias geopolíticas de los poderes mundiales, fuentes últimas de la violencia en el mundo. Pero más allá del juicio subjetivo sobre sus efectos, parece claro que ese poder de las redes se manifestó, y continúa manifestándose en los profundos cambios que están sucediendo en el mundo árabe. En Egipto, por ejemplo, la aparentemente invulnerable dictadura de Mubarak se cayó en dos meses bajo el embate de un movimiento multirreligioso y laico, espontáneo y democrático. Claro que el ejército aprovechó para establecer su propia dictadura, matando a más de mil manifestantes. Pero siguió la lucha hasta forzar al ejército a hacer elecciones y aceptar la victoria de los Hermanos Musulmanes. Nueva mueca del destino: Mursi, presidente legítimo, se deslegitimó intentando implantar un autoritarismo islámico en contra de las promesas electorales. Nueva movilización popular, esta vez contra Mursi, y aprovechada por el ejército para dar un golpe y ajustar cuentas históricas con los Hermanos Musulmanes. Y esta vez son los islamistas los que resisten en la calle y en internet adoptando las formas del movimiento del que fueron parte y poniendo en dificultad el proyecto de dictadura militar. Es decir, en el conjunto del dramático proceso egipcio en ningún momento desapareció el movimiento en red, sino que se fue mutando sin por ello dejar de ser un actor central, multiforme, de la revolución ininterrumpida en Egipto.

Y es que el verdadero efecto que producen los movimientos sociales en general, y los actuales en red en particular, es el cambio de mentalidad, la transformación de la conciencia de las personas. Porque se comunican nuevos valores, y juicios alternativos, y se someten a debate, y van surgiendo nuevos consensos y nuevos desacuerdos en un proceso deliberativo. Y, sobre todo, porque la práctica de los movimientos en el espacio público, en la red, en las plazas, en las instituciones, permite a la gente darse cuenta de su poder, de que juntos podemos, de que es posible expresarse y soñar con una sociedad construida a partir de sus manos y de su comunidad. Aunque a veces deriven en lucha fratricida. Pero el sentimiento de autonomía de las personas, de poder ser ellas, de poder sentir la dignidad de ser, pese a quien pese, es lo que nace de esa práctica. Saber que se es y saber que se puede. Ese es, en último término, el poder de las redes.

*El texto original fue publicado por Vanguardia, Dossier No. 50 Enero / Marzo 2014
Se puede consultar el número completo AQUI

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