Juan Gabriel desde la mirada de Carlos Monsiváis

Juan Gabriel desde la mirada de Carlos Monsiváis



Se cumplen dos años de la desaparición física de Alberto Aguilera Valadez, conocido popularmente solo como Juan Gabriel. En Revista COCO lo recordamos, produciendo las palabras que el mismísimo Carlos Monsiváis le dedicó el día que empezaban la serie de conciertos que el Divo de Juárez ofrecía en el Palacio de Bellas Artes.



Juan Gabriel como institución nacional


Ese 9 de marzo de 1990, dentro de una gran polémica por parte de muchos intelectuales y artistas fifis, Juan Gabriel abría concierto en el lugar de la cultura por excelencia en México. No sin problemas, el Divo de Juárez tuvo palabras para aquellos que pensaban que la alta cultura estaba en los recintos, y la cultura popular debería estar solo en los palenques:


"Ojalá que todos los artistas mexicanos tengan la misma bella oportunidad que yo he tenido porque se lo merecen todos. Porque la de Beethoven, como la de Bach, como la de Mozart, fue música popular que también tuvieron sus problemas en su época hasta llegar hoy a clásicos. Hasta ser hoy en día maravillosos que todo mundo que gusta de la buena música, oye, a Beethoven, a Chaikovski, a Mozart.


Algún día los compositores de hoy, para nuestros tataranietos, serán también una música que ellos llamaran ‘la buena’ porque siempre el tiempo pasado fue mejor (…) Hoy a algunas personas no les gusta mucho la lambada, pero no hay que negar que es una música popular, que todo el mundo le gustaría alguna vez bailar, y si es acompañado mejor, porque parece ser que solo, no (…) Sé que también hubieron muchos problemas por trabajar yo aquí. Por esto doy esta explicación. Dijeron que habían unos señores allá afuera diciendo Juan Gabriel en Bellas Artes y los cantantes de la ópera en la calle, qué decepción. Para mí, qué pena, menos mal que fueron solo cuatro días, sino hubiera tenido yo más problemas. Hubiera sido más bello que dijeran ‘Juan Gabriel en Bellas Artes y los cantantes de la ópera en Milán".



El escritor mexicano Carlos Monsiváis, a quien en ocasiones se consultaba quien podía o no presentarse en Bellas Artes, escribió en el programa de mano de ese evento palabras para un Juan Gabriel en la cúspide de su carrera musical. Con un público pluriclasista no visto desde los tiempo de Agustin Lara y José Alfredo Jiménez, las canciones de Juanga están llenas del sentir popular y el sentimentalismo churrigueresco de las películas de Pedro Infante y Libertad Lamarque.


 

JUAN GABRIEL


Carlos Monsiváis


Él, como suele decirse antes de los discursos interminables, no necesita presentación. Por lo menos no en recinto, ni en el país donde es desde hace dos décadas figura imprescindible y polémica.


Lo que tal vez, por su variedad y recomposición constante, sí necesita alguna presentación es su público, el más pluriclasista y multigeneracional que un artista popular ha conocido en México desde las épocas de Pedro Infante, un público de admiradores que a lo mejor empezaron como impugnadores, de adolescentes de la barriada y yuppies, de desempleados y desplegables, de críticos acerbos que van a oírlo «porque los trajeron» (aunque acudan solos), de adhesiones de familia entera que «alguna vez» fueron reyertas de sobremesa.


¿Pero cómo puedes escuchar a ese cantante? / Con todo respeto papá, es cosa mía.


A través de la metamorfosis y las ampliaciones del público de Juan Gabriel, es posible observar, en corte transversal, etapas del proceso del gusto popular de las sociedades de México, al que ha contribuido de modo significativo un compositor y cantante nacido en Michoacán, crecido en Ciudad Juárez, y formado en la observación cuidadosa del Star System de la canción mexicana, y en las disqueras, los conciertos, los programas televisivos, los palenques, la relación con el triunfo y el escándalo.



A este público le ha costado su esfuerzo integrarse, ha precisado de tolerancia para modificar o adquirir preferencias, ha requerido de muchos chistes para admitir sus nuevas devociones, ha oído sin cesar grabaciones al punto de confundirlas con su pasado más entrañable, ha ido a las presentaciones en vivo con el ánimo de quien corre una aventura (¡Qué raro se siente cuando en vez de comerciales te pasan intermedios!), y ha calificado en la práctica a un conjunto de canciones y a su intérprete y creador de
«repertorio nacional sobresaliente».


El público de Juan Gabriel fue al principio muy sectorial, de jovencitas que entonaban «No tengo dinero», enamoradas de las canciones que al no excluirlas lingüísticamente las incorporaba del todo, ávidas de celebraciones del amor, sencillo, será mañana o pasado mañana.


Casi de inmediato se le agregó la provincia, definida aquí como los conjuntos móviles que van de una ciudad a otra, de un país a otro, de una tradición a su reemplazo funcional. Y al público lo expandieron las hostilidades y resistencia al cantante, lo persuadieron de maneras varias los intérpretes de Juan Gabriel (Lola Beltrán, Lucha Villa, María Victoria, Lupita D’Alessio, Rocío Durcal, Lucía Mendez, José José, Daniela Romo, Isabel Pantoja, Angélica María, Bambino, María Marta Serra Lima), y lo distinguió la adicción creciente a una voz exasperada, tierna, arrebatada, tan acorde con los matices y variaciones de su material.


Al ir combinando géneros musicales, Juan Gabriel añadió también horas hábiles a la ejecución de su repertorio, que ya abarcaba el día entero de las amas de casa frente a la radio en la mañana y a los traileros y noctámbulos en la madrugada.


Las canciones rancheras de Juan Gabriel ratificaron lo consagrado por José Alfredo Jiménez, lo ranchero como el cruce de las tradiciones de la desesperanza teatral, que caso tiene sufrir si no se goza, se me olvidó otra vez que sólo yo te quise.


Y cada éxito de Juan Gabriel, el vendedor número 1 de discos, lo afirma como un fenómeno institucional, el gran compositor musical que es una industria por sí solo, el estilo que algo o mucho resume de estos años, donde las canciones hacen las veces de escenarios: las pasiones eternas que duran una semana, la estación de autobuses como la patria chica, los mercados de discos como los aprovisionamientos de ilusiones perdidas, las fiestas del pueblo reconstruidas en el departamento de la unidad habitacional, los reventones con rock pesado donde donde al final irrumpen dramáticamente las viejas y nuevas canciones mexicanas.



El público sigue extendiéndose, conoce un clímax con «Querida», deja de ser reconocible a simple vista y a simple oído, le interesan del ídolo las canciones y el modo de interpretarlas a fondo, colma centros de lujo, palenques y estadios, y hoy representa un convenio del gusto, de la admiración, de la memoria compartida.


¿Y para qué seguir cuando ha llegado el momento de poner entre paréntesis nuestra celosa individualidad y añadirnos durante unas horas al público de Juan Gabriel?

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